La brecha digital aumenta las diferencias entre pobres y ricos, pero no como se esperaba

La brecha digital aumenta las diferencias entre pobres y ricos, pero no como se esperaba
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Desde hace décadas que se viene hablando de la brecha digital que se abría con la llegada de las nuevas tecnologías, y cómo ésta iba a dividir de nuevo a ricos y pobres, y esta vez abriendo una sima insalvable por la que los ricos seguirían siendo ricos, y los pobres no tendrían igualdad de oportunidades para escapar de su pobreza en base a sus méritos propios.

Pero los años han pasado, y aunque la brecha digital ha llegado y está muy patente en nuestra sociedad, lo cierto es que aquella brecha que se vislumbraba en los años ochenta y noventa no tiene nada que ver con la que se está erigiendo en nuestra sociedad actual. Es más, ha resultado ser todo lo contrario, con el único nexo en común de estar segmentando igualmente nuestra sociedad entre ricos y pobres, y tal vez poniendo una montaña de arena (que no granito) para que cada cual siga en su clase social para siempre jamás.

La forma en que se veía la amenaza de la brecha digital cuando la tecnología empezaba a tomar el mando de la socioeconomía

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Pues hace tres o cuatro décadas, lo cierto es que la tecnología, aparte de rudimentaria, era muy muy cara. Comparativamente con los precios y los salarios actuales, y descontando el efecto de la inflación de todas estas décadas, las familias tenían que hacer un esfuerzo muy importante para que sus hijos contasen en casa con un ordenador para aprender aquella informática que emergía con fuerza. La tecnología era poco accesible.

Y claro, los sociólogos y analistas socioeconómicos en general veían que esa emergente tecnología era indudablemente el futuro seguro, que transgredía radicalmente lo que era la cultura técnica del momento, y que requería poder tener acceso a ella para formarse y poder acceder a un futuro puesto de trabajo. Pero el alto coste de los dispositivos tecnológicos del momento (básicamente un PC), hacía que las familias más humildes no pudiesen permitírselos, y está claro que ello suponía el riesgo de que se alzase un muro digital que les condenase a quedarse en su clase social de capacidad económica muy limitada por los siglos y los siglos.

Mientras tanto, los hijos de las clases más pudientes, conseguían tener en casa para aprender el PC más potente, el último software del mercado, clases de alfabetización digital en tecnologías punta, etc. En general, tenían un acceso a todo medio tecnológico que en el futuro iban a ser la llave del progreso socioeconómico profesional, distanciándoles de las posibilidades de las clases menos pudientes al cercenar mortalmente la igualdad de oportunidades, y entregándoles en bandeja el control de la sociedad del futuro.

Abrazando estas (y otras) preocupaciones, surgió la cultura ciber-punk, que quería tomar el control de la tecnología bajo un espíritu abierto, para a continuación diseñar software y sistemas que diesen a los ciudadanos el control de sus vidas a todos los niveles. Buena parte de la filosofía actual de conocidas iniciativas como Bitcoin y su descentralización para los ciudadanos provienen de aquella cultura. Idealismos (a veces irreales) aparte, algunas premisas de aquella cultura ciber-punk eran muy dignas de tener en cuenta, y de hecho, la internet pública y gratuita con acceso para todos que conocemos hoy, no sería así si no hubiese sido por aquellos visionarios techies del momento.

La tecnología también tiene sus peligros, o al menos así lo ven los directivos de Silicon Valley

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Pero la brecha digital ha sido tal, y desde luego que actualmente las clases más pudientes siguen teniendo el primer y más amplio acceso a toda la tecnología que va surgiendo en el mercado, y que cada vez más es la llave del futuro socioeconómico personal y colectivo. También hay que decir que la economía de escala y el capitalismo popular han hecho que el abaratamiento progresivo de la tecnología ocurra más rápido que nunca, siendo pues ésta accesible bastante rápido para todos los estratos sociales. Es algo que se añade al acceso igualitario al conocimiento y a la comunidad que tenemos gracias al internet que conocemos (Y cuidado con la polémica abolición de la “Net Neutrality", que puede acabar con este acceso democrático).

El tema es que no ha sido precisamente la adopción tecnológica total la opción que han tomado las clases más favorecidas para dotar a sus hijos del mejor futuro profesional que conciben. Más bien ha sido todo lo contrario. Paradójicamente, todo empezó como un movimiento techie para procurar a sus hijos la mejor educación posible, y los hijos de los millonarios directivos de Silicon Valley empezaron a ser matriculados en centros de educación donde, no sólo no había un acceso permanente a la tecnología, sino que se abolía totalmente el uso de tecnología en los centros.

El argumento, del cual he de reconocerles que un servidor es en buena parte bastante partidario, es que la tecnología “abduce” las mentes infantiles y adolescentes: los niños se quedan absortos y se aíslan ante las pantallas, reciben todos los estímulos ya hechos en sus mentes no maduras, son bombardeados con multitud de estos estímulos de manera incontrolable, etc. El resultado sería que la creatividad, el pensamiento crítico y tantas otras capacidades de nivel superior, tan definitorias del ser humano como especie super-inteligente, serían perjudicadas por el acceso infantil sin control a una tecnología ubicua.

Pero el futuro es siempre impredecible, y las cosas muchas veces no acaban siendo lo que parecían…

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Así que tenemos ya que los hijos de las clases más favorecidas están recibiendo una educación en la que prácticamente no tienen acceso a smartphones, tablets, ordenadores, etc. Pero, ¿Y qué están haciendo las clases medias y menos pudientes con la educación de sus hijos? Pues todo lo contrario, como pueden leer en este revelador artículo del New York Times: mientras que las horas de dedicación a las pantallas de entretenimiento de los hijos de los ricos son de poco más de cinco horas y media al día, las de los no-ricos se disparan hasta más de ocho horas: una abultada diferencia de en torno al 45% más.

Y hay que decir que también hay padres y madres de clase modesta o medida (un servidor personalmente es un buen ejemplo de ello) que nos esforzamos mucho por controlar el acceso de nuestros hijos a los dispositivos electrónicos. Un servidor encuentra un sano ejercicio de creatividad en rutinas tan simples como tomarse la molestia de escribir notas a mano para poder ir reflexionando sobre el tema que uno está escribiendo, de reservarse tiempo sin estímulos para literalmente aburrirse y que la mente divague creando nuevas asociaciones e ideas, etc.

También trato de formarme mi propia opinión de las cosas lejos de prejuicios previos de conocidos y con tiempo posterior para reflexionar concienzudamente (a pesar de los intereses creados y de cómo la tecnología puede limitar nuestro pensamiento crítico), trato de encargarme muchas veces de tareas mecánicas y rutinarias que ocupan los músculos pero liberan la mente, etc. Y además, de acuerdo con mi pareja, trato de educar así también a mis hijos y enseñarles a entrenar su pensamiento y su espíritu crítico.

Pero he de reconocerles que, en nuestro mundo hipertecnológico de hoy en día, conseguir lo anterior es harto difícil, incluso aunque intente hacerse mínimamente. La tecnología está por todos lados, y es inevitable tener acceso a ella casi en cualquier grado que el adolescente se proponga durante el tiempo que no está con sus progenitores. Pero es que además la tecnología ya es un acto social, y no estoy hablando ya de mundos virtuales y relaciones sociales en comunidades y videojuegos donde no hay más interfaz que un cable de datos a internet.

La tecnología digo que es un acto social porque en los círculos de nuestros hijos ya todo el mundo la usa, e incluso el extremo más integrista (me desvinculo totalmente de esta visión radical) es absolutamente imposible de conseguir a la vez la abstinencia tecnológica y el criar niños que no sean marginados en algún grado por sus compañeros. Les contaré un caso muy ilustrativo.

A uno de mis sobrinos mi cuñado no quería comprarle una videoconsola hace unos años. Mi cuñado persistía en que quería estar con su hijo, que se centrase en otras habilidades más allá de los videojuegos, y que no perdiese horas y horas delante de la pantalla. Pero al final mi cuñado tuvo que comprarle la famosa videoconsola a mi sobrino. La sencilla razón por la que lo hizo no es porque cambiase su forma de pensar ni renunciase a sus principios. El tema fue que mi sobrino se estaba quedando sin amigos, pues todos los niños de su grupo quedaban algunas tardes en casa de unos y otros a jugar a la videoconsola. Como mi sobrino no tenía en casa uno de los dichosos aparatitos, pues le dejaban de lado, porque luego él no podía invitarles a su casa a merendar y jugar a los videojuegos.

El enfoque más integrista tampoco tienen ningún sentido

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Y como suele ocurrir en todos los temas socioeconómicos, en el tema de hoy de la brecha digital y la educación en la tecnología que debemos procurarles a nuestros hijos, un servidor piensa que el punto de equilibrio ideal está ni más ni menos que en el término medio. Aquí, una vez más, el integrismo no sólo puede que no ayude a nuestros hijos, sino que incluso les puede perjudicar enormemente.

No tiene sentido tratar de aislar a nuestros totalmente de la tecnología, eso les condena a una ignorancia digital que a buen seguro va a ser la causa del analfabetismo del futuro. Aparte del aislamiento social al que estamos forzando a nuestros hijos como le pasaba a mi sobrino, la abstinencia tecnológica tampoco es posible ni de lejos. La tecnología es ubicua, siempre va a estar ahí por todos lados en la vida de nuestros hijos, y además privarles del acceso a ella además les puede hacer muy vulnerables.

En algún momento de sus vidas, incluso cuando sean mayores de edad y se independicen, acabarán teniendo todo el acceso que quieran a esa tecnología que les hemos reprimido, y por la que muy probablemente sentirán una necesidad muy potenciada por esa privación radical. Indudablemente, van a acabar usando la tecnología cuando y donde quieran, y además se educarán en ella por mano (o bit) de algún amigo o compañero que a saber cómo le habrán educado en el uso de la tecnología.

A un servidor le resulta mucho más preferible enseñar yo mismo a mis hijos en lo que es y en cómo usar la tecnología, y por supuesto introducirles a que vean con responsabilidad los peligros que esconde (que tenerlos los tiene, como todo en esta vida). Cuando uno de mis hijos me preguntó que qué era eso de Instagram, yo no sólo traté de explicárselo, sino que además me abrí una cuenta, estuve jugueteando con la red social varias semanas, y luego volví a él para educarle en qué era, qué se podía hacer, qué cosas tan chulas iba a poder ver en Instagram y… también cuáles eran sus peligros.

Para los más curiosos, dos de los peligros que le enumeré eran el poder ser contactado por un desconocido si no restringía su perfil, y el no dejarse llevar por la perjudicial moda de “yo de mayor quiero ser famoso” (o “influencer” en su versión de Instagram). Le expliqué sobre la importancia de elegir en esta vida modelos personales apropiados, y de cómo al progreso socioecónomico aportan mucho más los científicos que un "influencer" por ejemplo. Puede ser que un servidor se equivoque, aquí la bola de cristal no la tiene nadie, y resulta especialmente difícil educar a nuestros hijos en un futuro que todavía ni siquiera conocemos. Eso por no hablar de nuestros propios errores y defectos personales que tenemos y que les transmitimos: tal vez el problema de las clases menos favorecidas de hoy se deba simplemente a algún mecanismo psicológico de los padres, y que sea común a (casi) todo ser humano (sea rico o pobre).

El mismo efecto contraproducente de la privación que les decía que puede afectar a los adolescentes con padres integristas, puede ser el que podría también afectar a los padres de clases desfavorecidas que apenas pueden permitirse tecnología punta para sus hijos. Puede ser que traten simplemente de darles aquello que tienen miedo de que no vayan a poder tener porque es caro y no pueden permitírselo, y puede ser que los ricos optasen por una actitud idéntica si estuviesen en sus mismas modestas condiciones.

Por ello, la mejor conclusión de hoy sería que la mejor opción para el progreso socioeconómico y para evitar brechas digitales es optar por una política de (socio)economía para todos. Y para que la economía florezca y traiga prosperidad tanto a ricos como a menos ricos. Un objetivo a conseguir es que la privación severa en el acceso a los bienes necesarios no sea un factor de decisión tan determinante, y así se puedan valorar otros aspectos más relevantes (y socialmente más evolucionados).

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No obstante, lo cierto es que aún está por ver quién lleva razón en su aproximación a la tecnología del futuro, porque ese futuro todavía no está escrito, y ni siquiera podemos descartar todavía que la inmersión tecnológica que han abrazado las clases más modestas sea el enfoque correcto. Es el gran riesgo de aspectos socioeconómicos como la educación: sus (graves) consecuencias sólo se ven a largo plazo, cuando ya sería demasiado tarde para corregir con unas cuántas generaciones. Así que agucen el ingenio y la capacidad de discernimiento por el bien de la socioeconomía del futuro (y de sus hijos).

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